El río que nos lleva
Entre Asuán y Luxor, envueltos por la magia que emanan las aguas del Nilo. El río egipcio marca el camino a seguir por tierras de faraones, por lugares únicos donde la imaginación puede, en ocasiones, más que la realidad. Templos, altares, dioses de piedra, zocos. Y un valle fértil en el que perderse para siempre jamás.
Cuando Agatha Christie escogió el Nilo como escenario de fondo para una de las aventuras del detective Hércules Poirot, no se equivocaba de sitio. Pocos lugares hay tan misteriosos en el mundo, pocos lugares hay donde la imaginación avance tan deprisa. La escritora inglesa, casada con un afamado arqueólogo, lo sabía. Conocía Egipto a la perfección y al Nilo también: lo contemplaba una y otra vez desde su habitación del viejo Hotel Old Cataract. Ese hotel que contemplamos ahora, a bordo de uno de los muchos cruceros de lujo que surcan las aguas del río, que, durante más de 2.000 kilómetros, recorre el país dejando a un lado islas y templos, falucas de velas blancas desplegadas y palmeras a ambas orillas que dejan intuir un frondoso valle más allá de donde alcanza la vista. Observado desde El Cairo, justo a la hora en que el sol se hunde en él, el Nilo asusta y atrae. No hay un rincón mejor en toda la ciudad para encontrar la calma que sus calles, de tráfico imposible, se niegan a dar. Contemplado desde la proa del barco que nos lleva rumbo a Luxor la sensación es la misma: la de flotar sobre un inmenso río con ansias de mar que, en cada recodo del camino, guarda un valioso trocito de Historia. Y eso nos asusta y atrae tanto como las páginas de una novela de misterio.
Texto: Silvia Roba. - Fotos: Remedios Valls.
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