La ciudad de los recuerdos
A punto de celebrar el cuarto centenario de su fundación, la ciudad canadiense reivindica su pasado europeo a los pies de sus murallas. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su casco antiguo es el mejor exponente de lo que Quebec quiere ser: un lugar para soñar despiertos.
Je me souviens. Parece que todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo. Las camisetas de los alegres bohemios de "la rue Saint Joseph", las matrículas de los coches que bordean el río San Lorenzo, los souvenirs de las tiendecitas del casco antiguo. En todas partes se repite la misma frase: "Yo recuerdo", acompañada de las mismas dudas profanas: "Yo recuerdo ¿qué?" La ciudad, convertida en dama misteriosa, como rescatada de algún cuento infantil, se sabe distinta, se reconoce ajena a sus raíces más cercanas. La inmensa mayoría de la población continúa hablando francés, lengua de aquellos colonos que hicieron girar en torno a esta pequeña villa un imperio que se extendió más allá de Louisiana. Cuna de la civilización gala en América del Norte, amante de los bistrós y de las boutiques de lujo. Así es Quebec. Católica en un país de mayoría protestante, hedonista en una tierra donde el placer se congela en invierno. A contracorriente siempre. Muy cerca de Europa, como si el océano no existiera.
Texto: Silvia Roba.- Fotografía: Remedios Valls.
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